Capítulo 5 - La Oración que Prevalece

El Avivamiento - Charles G. Finney  

 

 

 

EL AVIVAMIENTO

 

Por

Charles G. Finney

 

Capítulo 5

 

LA ORACIÓN QUE PREVALECE

"La oración eficaz del justo tiene mucha fuerza." (Santiago 5:16.)

 

1.) Hay dos clases de medios necesarios para fomentar un avivamiento: el uno es influir en los hombres; el otro influir en Dios. La verdad es empleada para influir en de mover a Dios no quiero decir que la mente de Dios se cambie por la oración, o que se cambie su disposición de carácter. Pero la oración produce un cambio tal en nosotros que hace compatible para Dios que haga lo que de otro modo no sería compatible. Cuando un pecador se arrepiente, este estado de sentimiento hace apropiado que Dios le perdone. Dios siempre ha estado dispuesto a perdonarle bajo estas condiciones, de modo que cuando el pecador cambia sus sentimientos y se arrepiente, no se requiere ningún cambio de sentimiento en Dios para perdonarle. Es el arrepentimiento del pecador que hace posible su propio perdón, y es la ocasión para que Dios actúe así.

 

2.) Otros yerran en la dirección opuesta. No que se pueda hacer demasiado énfasis en la oración. Pero pierden de vista el hecho de que la oración, cuando es ofrecida por sí misma, aunque se hiciera para siempre no daría ningún resultado.

Algunos van a sus cuartos solos "para orar" simplemente porque "han de decir sus oraciones". Ha llegado la hora en que tienen el hábito de orar, sea la mañana, el mediodía o cuando sea. Pero, en vez de tener algo que decir, no hay nada definido en su mente, y oran según les vienen las palabras, lo que flota en su imaginación en aquel momento, y cuando han terminado apenas se acuerdan de lo que han dicho. Esto no es oración efectiva.

 

3.) Para orar de modo efectivo has de orar con sumisión a la voluntad de Dios. No confundas la sumisión con la indiferencia. Son muy distintas. Conocí a un individuo que vino a un lugar en que había un avivamiento. El estaba frío, y no entró en el espíritu del mismo, y no tenía espíritu de oración; y cuando oyó que los hermanos oraban como si no se les pudiera negar lo que pedían, se sobresaltó de su atrevimiento, y siguió insistiendo en la importancia de orar con sumisión; cuando era evidente que confundía la sumisión con la indiferencia.

 

4.) Mientras no conocemos la voluntad de Dios, el someterse, sin oración, es tentar a Dios. Quizá, aunque no lo sepamos, el hecho de que ofrezcamos la clase adecuada de oración puede ser lo que da lugar a que cambie el curso de las cosas. En el caso de un amigo impenitente, la importunidad y fervor de tu oración puede muy bien ser lo que le salve del infierno.

 

5.) La oración que prevalece se ofrece hoy día, cuando los cristianos se han enfervorizado hasta un punto de importunidad y santo atrevimiento que cuando miraron hacia atrás después, se asombraron de que se hubieran atrevido a ejercer tal importunidad ante Dios. Y con todo, estas oraciones suyas habían prevalecido y obtenido la bendición. Y muchas de estas personas, con las cuales tengo amistad, se hallan entre las más santas que he conocido.

 

6.) La tentación a motivos egoístas es tan fuerte que hay motivo para temer que las oraciones de muchos padres nunca se han elevado más allá de deseos de ternura paterna o materna. Y ésta es la razón por la que muchas oraciones no han sido contestadas y porque muchos padres piadosos y que oran tienen hijos infieles. Gran parte de la oración para el mundo pagano parece basada sólo en el principio de la simpatía. Hay misioneros, y otros, que insisten casi exclusivamente en los millones de paganos que van al infierno, mientras se dice muy poco de que están deshonrados a Dios.

 

7.) Muchos cristianos llegan a la oración que prevalece por medio de un proceso retardado. Su mente se va llenando gradualmente de ansiedad sobre un objeto, de modo que se dedican a sus quehaceres suspirando sus deseos ante Dios. Como la madre cuyo hijo está enfermo va rondando por la casa suspirando como si su corazón fuera a partirse. Y si es una madre que ora, sus gemidos suben a Dios todo el día. Si sale de la habitación en que está su hijo, su mente sigue todavía allí; y si está durmiendo, sus pensamientos están sobre él, y se despierta sobresaltada en su sueño, pensando que quizá su hijo está muriendo. Toda su mente está absorbida en aquel niño enfermo. Este es el estado de la mente de los cristianos que ofrecen oración que prevalece.

 

8.) El espíritu de aquellos que han estado en aflicción por las almas de otros, me parece a mi, no es diferente de la del apóstol que sufría por las almas, y "deseaba él mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a sus hermanos" (Romanos 9:3). No es distinto tampoco de la del salmista (Salmo 119:53): "El furor se apoderó de mí a causa de los inicuos, que dejan tu ley." (vers. 136): "Ríos de agua descendieron de mis ojos, por los que no guardan tu ley." Ni del profeta Jeremías (4:19): "¡Mis entrañas, mis entrañas! Me duelen las fibras de mi corazón; mi corazón se agita dentro de mí, no callaré; porque has oído sonido de trompeta, oh, alma mía, pregón de guerra." Y en los capítulos 9:1 y 13:17; y en Isaías 22:4. Leemos de Mardoqueo, cuando vio a su pueblo en peligro de ser destruido con una destrucción eventual (Este 4:1) que "rasgó sus vestidos, se vistió de saco y, cubierto de ceniza, se fue por la ciudad clamando con grande y amargo clamor." ¿Y por qué hemos de pensar que las personas no han de desesperarse cuando no pueden tolerar la consideración de la miseria de aquellos que van a la destrucción eterna?

 

9.) Si quieres orar de modo efectivo, tienes que orar mucho. Se dijo del apóstol Santiago que una vez muerto halló que tenía callos en las rodillas, como las rodillas de un camello, de tanto orar. ¡Ah, éste era el secreto del éxito de estos ministros primitivos! ¡Tenían callos en las rodillas!

 

10.) Si intentas orar de modo efectivo, tienes que ofrecerlo en el nombre de Cristo. No puedes presentarte ante Dios en tu propio nombre. No puedes pedir en tus propios méritos. Pero puedes presentarte en un Nombre que siempre es aceptable. Ya sabemos lo que es usar el nombre de otra persona. Si vamos al banco con un talón firmado por un millonario, puedes sacar el dinero como si Io hiciera él mismo. Pues bien, Jesús te da derecho al uso de su nombre. Y cuando oras en el nombre de Cristo, significa que puedes prevalecer como si fuera El mismo, y recibir tanto como Dios daría a Jesús si fuera El quien lo pidiera. Pero has de orar con fe.

 

11.) Estos fuertes deseos que he descrito son los resultados naturales de gran benevolencia y visión clara, respecto al peligro de los pecadores. Es razonable que sea así. Si las mujeres presentes miraran y vieran que su casa está ardiendo y oyeran los gritos de los que están dentro, se desmayarían de horror y agonía. Y nadie se sorprendería, ni dirían que son tontas o locas, por afligirse de tal manera. Es al contrario: todos se extrañarian si no expresaran sus sentimientos así. ¿Por qué, pues, hay que extrañarse si los cristianos sienten lo que he descrito, cuando ven claramente el estado y el peligro de los pecadores? Los que nunca lo han sentido no conocen lo que es la verdadera benevolencia, y su piedad tiene que ser muy superficial. No quiero juzgar severamente, o hablar sin caridad, pero afirmo que esta piedad es superficial. Esto no es crítica, sino la pura verdad.

 

12.) Cuando los cristianos son llevados a extremos, hacen un esfuerzo desesperado, ponen la carga sobre el Señor Jesucristo y, simplemente, confían en El como si fueran niños. Entonces se sienten aliviados, entonces sienten cómo el alma por la que han estado orando está salvada. La carga ha desaparecido, y Dios parece calmar el alma con una dulce seguridad de que la bendición será concedida. A menudo, después de que un cristiano ha pasado esta lucha, esta agonía en oración, y ha obtenido un alivio así, siente afectos celestiales dulcísimos que salen de él: el alma descansa dulce y gloriosamente en Dios, y "se alegra con gozo inefable y glorioso" (1 Pedro 1:8).

 

13.) Estos dolores de nacimiento por las almas crean también un notable lazo de unión entre los cristianos fervientes y los recién convertidos. Los que se convierten son muy caros a los corazones de los que tuvieron este espíritu de oración por ellos. El sentimiento es como el de una madre por su primer hijo. Pablo lo expresa con gran belleza, cuando dice: "Hijitos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto --se habían vuelto atrás, y sufría la agonía de un padre sobre su hijo vagabundo--, estoy de parto por vosotros otra vez hasta que Cristo sea formado en vosotros. "En un avivamiento he notado con frecuencia de qué manera los que tienen el espíritu de oración aman a los recién convertidos. Ya sé que esto es como si hablara de álgebra a aquellos que no lo han sentido.

 

14.) Otra razón por la que Dios requiere esta clase de oración es que es el único modo en que la Iglesia puede ser preparada debidamente para recibir grandes bendiciones sin ser perjudicada por ellas. Cuando la Iglesia está así postrada en el polvo delante de Dios, y está en la profundidad de la agonía en oración, las bendiciones le hacen bien. Mientras que si recibe la bendición sin esta postración profunda del alma, se envanece y se llena de orgullo. Pero así, aumenta su santidad, su amor y su humildad.

 

15.) El siguiente hecho fue contado por un pastor y yo lo oí. Dijo que en cierta ciudad no había habido ningún avivamiento durante muchos años; la iglesia estaba casi extinguida, la juventud eran todos inconvertidos, y la desolación era general. Vivía en una parte retirada de la ciudad un anciano, herrero, el cual tartamudeaba tanto, que era penoso escucharle. Un viernes, estando en su fragua, solo, su mente se conmovió por el estado de la iglesia y los impenitentes. Su agonía era tan grande que se vio Ilevado a dejar su trabajo, cerrar el taller y pasar la tarde en oración.

Prevaleció, y el sábado llamó al pastor y le dijo que convocara una "reunión". Después de algunas dudas el pastor consintió; le hizo notar, sin embargo, al herrero, que temía que asistirían muy pocos. La reunión iba a celebrarse aquella noche en una casa particular grande. Cuando llegó la noche había más gente reunida de la que cabía en la casa. Todos estuvieron silenciosos un rato hasta que un pecador rompió a llorar, y dijo que si alguien podía orar, que orara por él. Otro siguió, y así sucesivamente uno tras otro hasta que había personas procedentes de todos los barrios de la ciudad que estaban bajo una profunda convicción de pecado. Y lo más notable de todo fue que todos coincidieron en dar la hora en que el anciano estaba orando en su taller como la hora en que fueron convictos de pecado. A esto siguió un poderoso avivamiento. Este anciano tartamudo, pues, prevaleció, y como un príncipe tuvo poder ante Dios.