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La Santidad - Andrew Murray - Día 21 - La Santidad y la felicidad
Tesoros Devocionales
Indice del artículo
La Santidad - Andrew Murray
Día 1 - El Llamado de Dios a la Santidad
Día 2 - La Provisión de Dios Para la Santidad
Día 3 - La Santidad y la Creación
Día 4 - La Santidad y la Revelación
Día 5 - La Santidad y la Redención
Día 6 - La Santidad y la Gloria
Día 7 - La Santidad y la Obediencia
Día 8 - La Santidad y la Presencia de Dios Morando en Nosotros
Día 9 - La Santidad y la Mediación
Día 10 - La Santidad y la Separación
Día 11 - El Santo de Israel
Día 12 - Santo, Santo, Santo
Día 13 - La Santidad y la Humildad
Día 14 - El Santo de Dios
Día 15 - El Espíritu Santo
Día 16 - La Santidad y la verdad
Día 17 - La Santidad y la Crucifixión
Día 18 - La Santidad y la Fe
Día 19 - La Santidad y la Resurrección
Día 20 - La Santidad y la Libertad
Día 21 - La Santidad y la felicidad
Día 22 - En Cristo Nuestra Santificación
Día 23 - La Santidad y el Cuerpo
Día 24 - La Santidad y la Limpieza
Día 25 - Santos e Irreprochables
Día 26 - La Santidad y la Voluntad de Dios
Día 27 - La Santidad y el Servicio
Día 28 - El Camino a lo Santísimo
Día 29 - La Santidad y la Disciplina
Día 30 - La Unción del Santo
Todas las páginas



DÍA 21

La santidad y la felicidad

Porque el reino de Dios no es cuestión de comidas o bebidas, sino de justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo.

ROMANOS 14:17

E

 
s difícil comprender el profundo significado del  gozo que se disfruta en la vida cristiana. Con demasiada frecuencia se le considera como algo secundario, aunque  su presencia es esencial como la prueba de que Dios nos satisface ciertamente, y que servirle es nuestra delicia. En nuestra vida hogareña  la satisfacción  no viene por que cada miembro haga una tarea  determinada; el verdadero amor hace que la satisfacción ilumine, brille y llene el hogar con su presencia. No es la mera obediencia a un mandato lo que los padres esperan. Es la buena voluntad y disposición, la gozosa presteza con la cual se hacen las cosas, lo que causa el agrado.

El peligro permanente en la vida cristiana es caer nuevamente bajo la ley con el mandato de “harás”. La ley no da ni vida ni fortaleza. Solo en la medida que permanecemos en el gozo de nuestro Señor, en el gozo de su amor y su presencia, logramos el poder para servir y obedecer. El gozo es la evidencia y la condición de la presencia de Jesús morando en nosotros.

Si quiere tener  gozo, un gozo pleno que habite en usted y que nada ni nadie le pueda quitar, sea santo, como Dios es santo.

La santidad es esencial para la verdadera felicidad. Si quiere tener gozo, un gozo pleno que habite en usted y que nada ni nadie le pueda quitar, sea santo, como Dios es santo. La santidad es bienaventuranza y bendición. Nada puede oscurecer o interrumpir el gozo si no es el pecado. El gozo de Jesús, que es indecible, puede compensar y superar ampliamente cualquier prueba o tentación que nos llegue. Si perdemos nuestro gozo, la causa es el pecado. Debe haber ocurrido una transgresión, o hemos seguido inconscientemente la voz del yo o del mundo; o puede haber incredulidad y estar viviendo por vista; sea lo que sea, nada puede robar nuestro gozo, aparte del pecado. Si hemos de vivir vidas gozosas, que demuestren a Dios y a los hombres que nuestro Señor es todo. O más que todo para nosotros, seamos santos. Vivamos en el reino del gozo y la alegría, el reino del Espíritu Santo.

Y la felicidad es esencial para la verdadera santidad. Si ha de ser un cristiano santo, debe ser un cristiano feliz. Jesús fue ungido por Dios con el Espíritu de alegría para que pudiera darnos el aceite del gozo. Las ruedas de la carreta de la santidad se moverán pesadamente a pesar de todos nuestros esfuerzos, si no tienen el aceite del gozo. Solo este divino aceite elimina toda la fricción y el esfuerzo y hace que el avance sea fácil y placentero. La verdadera felicidad se funde en una sola con el objeto de su alegría y gozo.

Bendito Señor, revélame el secreto de regocijarme en ti. Que yo viva en Cristo para que su santidad sea mi gozo siempre creciente, y que pueda regocijarme en ti todo el día. Amén.




 
 
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